In the beginning was the Word, and the Word was with God, and the Word was God.
"¿Que pasaría si permites que el contenedor decidiera? El juego pierde sentido y cobra razón, no cedas y permitas al contenedor tomar esas riendas. Intentará argumentar que esta en control, ignóralo. Necesito que entiendas que nosotros hacemos lo mismo, y que el respeto se hace presente al mantener esa tensión. Nunca olvides que todo pierde sentido si cobra razón."
Hay momentos en que las palabras atacan, y en que el ambiente busca imponerse de manera agresiva. Todos quieren jugar a ser protagonistas, añoran con ser vistos. Esa sensualidad que nos reconforta, que tempooralmente nos inunda y nos permite ser acreedores de la mirada del observador. En este mundo todos nos comprometemos a establecer una serie de verdades absolutas. Si cambian, no cambiaron, simplemente recordamos de manera errónea. En este mundo no existe un pasado objetivo, y el observador es una persona moral. No olvides que en el pasado objetivo nos comprometimos a seguir las enseñanzas del observador; a pelear por su atención a sabiendas que nunca lograremos saberle. Existe un velo que si se rompe todo pierde sentido, y cobra razón. Y la razón, por más verbosa que sea, rápidamente nos disgusta a todos. Y entonces es necesario satisfacer los berrinches de todos los demás.
En una barca en un óceano intermitente, de olas improvisadas y un calor que nos condiciona a añorar el placer de una brisa que silencia. Una ráfaga de viento que nos envuelve desde la cadera hasta la cabellera. Que juguetona se retira y nos deja con una sonrisa, una mente tranquila, y un cuerpo feliz. El observador se hace presente y nos recuerda los tratados que firmamos en aquél pasado fugaz que acaricia el presente. La unificación de todos nosotros bajo el reinado de la mente orquestradora. Esa ilusión colectiva que llena el vacío que cubría el observador en nuestro pasado objetivo. Al sentir se le permite libre albedrío entre las tierras, y el cuerpo es exiliado con tal de nunca olvidar el como se debería de ver la separación de las facultades.
A lo lejos se aproxima un grupo de delfínes, creaturas simpáticas que no terminan de fascinarnos. ¿Quizá algún día nos será posible contar con esa agencia abrumadora? Esa identidad tan sólida y característica que pretende devorarnos. Sin duda alguna ellos están vivos: es una verdad absoluta el hecho de que esa tangibilidad, ese pico, esos ojos, esas mociones, son producto de un ser vivo. Incambiante, atemporal, unificado.
Los delfínes han llegado. Uno de ellos decide acercarse al bote. Ese color, esa textura, esa mirada denotan la existencia de algo finito, su belleza es aproximable. La mente se da cuenta de que no es una creatura particularmente agradable. Tiene una larga cicatriz a lo largo de su vientre, y parece tener una aleta más grande que la otra. No obstante es suficiente para la mente, que comenzaba a experimentar los síntomas del Hiscoricio. El hiscoricio es esa experiencia particular en que el aburrimiento, la crisis, la ausencia de novedad, y el silencio buscan derrocar el mandato de la mente. Por suerte, y de último momento, logra la razón entender al delfín.
El silencio y sus secuaces retoman ese papel de añoranzas tabú que se acordó al firmar los Tratados de Unificación de la mente. Los sentidos deciden que el delfín era una creatura a la que había de atribuírsele lástima por su imperfección, envidia por ser tangible, y un coctél experimental de confusión y asombro con la finalidad de saciar a los participes del conflicto interno.
La custodia compartida de la exhausta mente unificada llega a ese principio del fin. Las otras creaturas interesadas que estuvieron presentes en áquel pasado objetivo, en que el observador compartió esa serie de verdades absolutas que se entienden pero de las que no se habla, tiran los dados y se establece una nueva narrativa. El lenguaje pretende decidir tomar el protagonismo de la mano del entorno. Mientras que las ideas optan por imponerse a través de la mente, dándose protagonismo con el eco de una sombría multitud: "nunca olvides que todo pierde sentido si cobra razón."
Los delfínes se han ido hace tiempo, solo queda el elegante cántico de las olas al extinguirse y el esporádico crujir de la madera de la Brújula y los huesos de su tripulación que envejece. La epóca, los sueños, y el entendimiento colectivo de el mundo en que navega la Brújula se vuelve secundario. Si existe algo que comparten los miembros de la tripulación, es ese deseo de encontrarse a sí mismos en dónde claramente no están. Llevan días deambulando un óceano tormentoso, que los ha mantenido ocupados, alertas. Se encuentran cansados, insatisfechos, enojados. Parece ser que las olas actúan en su contra, con sus disfracez espumosos, sensacionalistas, y con esa vanidad en que están dispuestas a dar a la tripulación exactamente lo que ellos desean.
Son una tripulación pequeña; la capitana, el cocinero, una pareja extranjera dispuesta a pagar por un pasaje, y un puñado de tripulantes capacez de realizar manejar cualquier eventualidad que se presente. Han zarpado hace un par de meses, 94 días para ser exactos. Esperando llegar a su destino en el auge del invierno. Un viaje plagado de aquellas conversaciones que se percatan de estar llegando a su fin y agonizan; a sabiendas de que hay un precio que pagarse por haber sido conjuradas.
Perdámonos entonces en la lucha por mantener la tensión, en un mundo en que los diálogos han perdido el sentido y la razón. Esa es una de las verdades absolutas que el observador nos ha impuesto en ese pasado objetivo. Y el tiene la razón, nunca lo olvides.